Wednesday, May 23, 2007 at 8:20 AM

Barranco

(el coleccionista anotó en algún lugar)

R.B, en el prólogo: ¿Quién no es necio, quién está libre de melancolía? ¿A quién no le ha alcanzado más o menos en hábito o en disposición? Si es en disposición, "las malas disposiciones producen malos hábitos si perseveran", dice Plutarco, y los hábitos o son o se convierten en enfermedades.

Disposición – hábito – enfermedad; como si sufrir melancolía fuese fruto de nuestras acciones, por una errónea actitud o por un descuido. Como si caer en la melancolía fuese parecido, en cierta manera, a caer por un barranco.

Necio, vale. Pero sufrir, sufrir, yo no sufro.

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Monday, April 16, 2007 at 12:28 AM

Lacrimología (5)

El silencio

Ningún culto alternativo o tradicional va a seducirlo a sus años. Después de todo lo que ha visto. No es eso. Las doctrinas son para aprender de ellas, reflexionar la argumentación, desmontar sus precarias arquitecturas de palillos; no para seguirlas, no para sumarse a ninguna manada. Son para coleccionarlas, como el entomólogo diseca bichos en cajitas aterciopeladas. Estudia y repasa y vuelve a leer la información que ha conseguido, frases sueltas, datos aislados. Muy poco, demasiado poco. Si existió Robert P. Vincent y sintió en un momento dado una claridad del alma oculta en el interior de la montaña de dolor que se le vino encima, si ese hombre reanudó su vida bajo un paraguas de sentido que antes, posiblemente, ni siquiera intuía… Más allá de la puerta, está el libro de un ser iluminado por una sabiduría que muy pocos van a alcanzar, ni por un instante, en sus jodidas vidas. Se siente un heroínomano que quisiese chutarse y sólo consigue pensar en ello. Eso es dolor. El dolor le asegura al menos su lado físico; hace tangible el hueco. El deseo se prolonga y eso produce mayor dolor, retroalimenta la farsa. El silencio del judío lo desespera más que si le hubiese dado un ultimátum. Cuanto más crece el deseo, más le duele. Cuanto más dura el silencio, más sufre. Tiene algo de penetración torcida, de tenaza haciendo saltar tensos cables interiores. Ya no sale, ha abandonado las bibliotecas, ha dado por perdida la batalla. Suena dentro la afinación de unas cuerdas maniáticas, unos tambores asesinos, una fornicación sin miedo, sin pausa, sin esperanza alguna. La investigación ha terminado, él vuelve a encerrarse en la cámara. El tintín de los hielos invitándolo otra vez. Unas cuantas, mugrientas fotocopias, han pasado a convertirse en pedacitos de un centímetro cuadrado… Planeaba metérselos en la boca, tragarlos fragmento a fragmento, como penitencia. Pero en la deslavada luz de esa cocina ha tenido una revelación. Hará sonar, uno tras otro, sin tregua al silencio, los cinco discos de la banda, de la banda de rock, de los músicos de rock progresivo, de metal-rock-prog, inventores de tamaña broma. Esta vez, las carátulas, se las va a comer su tía. O la tortuga aligator, que debe andar por algún rincón. No, mejor no. La va a poner en la bañera, a ver si le muerde los huevos. Mientras, los hielos esta vez van a ir al vaso. Con whisky. El coleccionista no entiende de metal-prog-rock, pero esto no suena mal.

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Sunday, April 08, 2007 at 11:56 AM

Lacrimología (4)

La prueba

Lacrimología. La ciencia del llanto. Le está costando descifrar las escasas, informales noticias –todas un poco redundantes- que ha ido encontrando, escarbando en archivos y bibliotecas. Lleva un traje, precioso traje heredado, de color notoriamente berenjena, pero muy oscuro, el pantalón algo elefantino y el corte de la chaqueta semejante –muy semejante- a una levita. Sumado al hecho de que su acidulada barriga respira fuera del pantalón… el conjunto despierta reacciones diversas. Cuando levanta la cabeza, quien lo observe (si es que lo hace alguien) podrá ver unos extraviados ojos al fondo de una cara redonda, algo amoratada (pero puede ser reflejo de la vestimenta). Quien se siente al frente pensará que esos ojos se percatan de su presencia, reaccionan, pero no, inmediatamente volverán al libro o la pantalla, hechizados –por ahora- en la pluscuamperfecta sincronía entre su deseo y sus hallazgos. He ahí la quintaesencia del melancólico: creer que su mal tiene cura. Un diabético acudirá a su sesión, una y otra vez, vigilante de cumplir estrictamente el rito, consiciente de que sin dicha repetición no hay bienestar. El coleccionista acude, una y otra vez, al enésimo reclamo de su atención en el prodigioso, infantil autoengaño de que esta vez se cura. Como se puede bromear dos docenas de veces a un niño con el mismo truco, así se caga él mismo. Payaso. Pero, mientras tanto, ha hecho algunos descubrimiento interesantes.

La lacrimología está ligada al nombre de un tal Ronald P. Vincent, uno de esos personajes planos y oscuros de los profundos Estados Unidos que, en los cuarenta, perdió a su mujer, en un aparatoso –y poco creíble- accidente. Imagina el coche familiar gigante, como todo ese país, imagina el quitanieves (gigante por descontado) aplastando sin miramientos la mecánica y la carne al mismo tiempo. Mucha gente pierde a seres queridos, en cada instante un centenar de personas. Ese solo dato (y no hay muchos más) no dice demasiado. Pero Vincent escribió un libro, cuyo título no puede resultarle más seductor. “Bastardo”, ha escrito en el dorso de una de sus fotocopias. “Lo quiero ya”.

No es idiota, también ha leído que el tal libro no existe. Que es todo un invento publicitario de unos tipos. Un grupo musical. Un grupo de rock, para más señas. De rock progresivo. Metal-rock-prog, ha leído. Necesita una prueba. Necesita creer.

Esa misma mañana, ha hecho una transferencia vía pay-pal al judío. Mil euros. La respuesta ha llegado sólo quince minutos después. Al salir de la Biblioteca, ha tropezado con algo. Un trozo de moqueta, una bolsa de plástico enrollada... Sin pararse a averiguar la naturaleza del obstáculo, se ha levantado para ver en la pared, en tinta roja, la respuesta del judío.

Cien veces eso.

la prueba

Admitamos por un momento que el libro, como dicen los sensatos, no existe. Que fans del mundo entero han perseguido cualquier vestigio de la ciencia, buscando adherirse a un culto imposible, confiando en comunicarse de una manera más profunda con su banda, y han realizado todo tipo de pesquisas en busca de una prueba de vida del tal Ronald P. Vincent, persiguiendo una copia del dichoso libro. Ni la Biblioteca del Congreso tiene un solo atisbo de su existencia. Jamás se ha escrito, la lacrimología es una gran broma. Pero el judío, el judío lo tiene. El coleccionista, de vuelta a casa, sin notar ni el crepúsculo ni las cortas faldas de todas las chicas que se ríen de su pelo como espaguetis grasos al viento, va en este momento decidiendo si le convendrá más deshacerse de un riñón o de una córnea. No por con cual de ellos, por separado, conservará una calidad de vida más parecida a la actual sino porque, vendiéndolo, cuál le conseguirá la cifra que le exige. Su dealer.

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Monday, March 26, 2007 at 12:45 AM

Lacrimología (2)

El timbre


Algo vino a sacarlo, decíamos. El timbre de la puerta, más concretamente. Para entonces, estaba sumergiendo la cabeza y los brazos, alternativamente, en un balde con agua e hielo a partes iguales. Pasar un poco de dolor físico para lavar el dolor de viejecita que lo tiene postrado. La estategia es antigua, no por eso menos efectiva. Verterse café caliente directamente a la garganta, arrancarse un trozo de uña con los párpados sujetos por pinzas, cercenar pequeñas esquirlas de piel de algún lugar bien mullidito… Todo muy inofensivo. Como no le ha gustado demasiado el aspecto que tienen sus glúteos después de la última sesión, el hielo ha resultado ser la mejor idea: una anti-versión cristalina del lodazal negro que tiene dentro. Nada lo llena, nada lo sacia, nada satisface al monstruo. Se impone el siguiente paso, poner hielos nuevecitos directamente en la bañera y depositar dentro su fofo cuerpo de coleccionista. Infringirse un daño que, al menos, dé motivo al llanto. Darse verdadera lástima. Alguien, alguien debería hacerlo por él. Si sólo los serbios se enteraran de que finalmente consiguió el proteo

Los hielos haciendo tintín, invitándolo con sorna a unirse a su fiesta, y el timbre que suena. Un acontecimiento extraordinario, dado que el coleccionista, desde que se mudó con sus cachivaches inservibles a este lugar que él llama “cámara de las maravilas” (¡hay que ser pretencioso!), no tiene timbre instalado. Pero el timbre, no hay duda, ha sonado. Con los huevos colgando, los ojos desencajados, los brazos inertes cuajados de vello y piel escamosa, corretea por las esquinas de su cerebro preguntándose si no se tratará de alguna de las cajas de música del siglo XVIII que están en la otra planta. Pero el timbre ha sonado. Es más, vuelve a sonar. Los hielos refulgen con un brillo interior esta vez, en la habitación a oscuras, y el brillo se instala en su cabeza de maniático. Descalzo, recorre el camino a trancas pisando trozos de muñecas, sacos de arena abiertos, vinilos rotos, maderas de alguna antigualla desahuciada, porcelanas en añicos, frascos de formol y partes de los bichos que contenían… Desnudo, descubierto, desarmado. El timbre ha sonado una vez más en su cabeza. Qué timbre, imbécil de mierda. Qué puerta. Qué camino, qué puto pasillo. Qué gramófono enloquecido has dejado enganchado al surco de tu última sesión. Se agarra los huevos, que por primera vez siente en toda su genuina sensibilidad, y se le ponen los ojos blancos: “Más me vale que sean los serbios”.

Bajo la esquirla de luz de la puerta, un par de sombras se desplazan, intranquilas. Luego, otra, más densa, se convierte en un trozo de papel rectangular. Viendo cómo las dos sombras retroceden y desaparecen de la línea blanca, recoge el papel, que resulta ser una hoja impresa, algo sacado de… ¿internet? Desdobla y lee. “Lachrymology”. “Ronald P. Vicent wrote the famous book”… “The art of crying”… Los hielos tintenean aún en su cabeza, agigantando, realimentándose. Al final de la página, con rotulador rojo: “¿Lo quieres?”. El judío, no podía ser otro.

Lachrymology

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Saturday, March 24, 2007 at 7:51 PM

Lacrimología (1)

"El mundo del hombre feliz es otro que el del infeliz"
Heidegger (citado en Filosofía del Tedio, Lars Svendsen. Tusquets, 2006).


La taquígrafa

El día en que el coleccionista trató de salir de su crisis, algo vino a sacarlo. Es sabido que su norma de conducta le impide estrictamente rechazar la melancolía: cuando ella tiene a bien hacer presa, cual halcón, de su persona, pobre ratoncito, él se deja hacer. Pero tiene la sospecha de que esta vez la crisis se está prolongando más allá de lo razonable. Porque llorar, en sí, no es síntoma de melancolía, y por eso mismo está más enfadado; llorar es un resquicio, una escapatoria del globo hinchado y fétido en que lo convierte, cada vez, el ataque; la ausencia de llanto, la falta de emoción alguna, el completo abandono de toda tristeza -con la que se confunde la melancolía tan a menudo-, el espejo inhospitalario, la parálisis de la mente, incapacitada para adquirir de la realidad más que tonos deslavados y muertos… La melancolía ahoga, oprime los conectores, los sensores que hacen que nos sintamos “bien”. Esa sensación, del padre de familia que el domingo remolonea en la cama hasta pasado el mediodía, y cuando se levanta por fin y todo en la casa tiene un ritmo interno con el que sin dificultad se acopla, ese sentir que todo está “bien”... La melancolía lo anula. Cualquier intento de conectar es faux pas. El arrebato furioso es, incluso, más melancólico que gimotear cual taquígrafa despechada. En el pasado, el coleccionista pasó a destrozar secciones enteras de la cámara, buscando calmar su ansia. ¿Se ha vuelto conservador? Más bien se ha vuelto idiota. El asunto es que lleva semanas entre el sopor y el llanto, fabricando charcos de sal, durmiendo sobre ellos, desplegando sus miembros en las baldosas, retorciéndose en babas, llamándose cobarde y miserable y a veces hasta bobo.

Todo empezó por un bloqueo. Es lo que sucede siempre que se encapricha demasiado con cualquiera de sus adquisiciones: viene lo nuevo con su arrebatador poder a curarlo, a restañar esa negrura del alma abierta en canal, pero el entusiasmo, tarde o temprano, se convierte en hastío. Una nueva pieza en la colección, otro muerto-en-vida colgado de la pared, un objeto más, incapaz de taponar ese agujero. De verdad, él preferiría volver a… cierto estado… que posiblemente alguna vez… tuvo… Preferiría enamorarse como taquígrafa, aficionándose a algo, probándolo con amigas en encantadoras veladas vespertinas, expresando con albricias –no muy efusivas- un entusiasmo de salón, e incrementando su ya de por sí enorme diletantismo. Él no sabe hacer eso. Toma, palpa, refriega, lame, ventosea, salpica, sorbe, olfatea, recorre, conversa con su nueva pieza, cuando ésta lo vale, hasta saturarse. Eso es lo que hacen los coleccionistas.

Como taquígrafa, coleccionaría maripositas y sus vitrinas rebosarían orden burgués y cuidado de solterona. Para él es distinto. Cuando se satura, sobreviene el tedio. Cuando ya no puede seguir mirando a esa cosa, debe mirarse a sí mismo. Y entonces se odia.

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Sunday, March 04, 2007 at 6:59 PM

Por cuánto tiempo

"Éste es también el origen de toda actividad artística y tan sólo en el arte puede el hombre hallar la dicha; en especial, en la música. No obstante, esta dimensión estética es accesible exclusivamente a una minoría. E incluso para ellos, no supone más que un instante en un tiempo insoportablemente largo." (Filosofía del Tedio, Lars Svendsen, en relación a Schopenhauer).

Se desliza, agua entre los dedos, la saliva gruesa que le gotea indolente mientras se pregunta, balbuciendo como un niño: ¿por cuánto tiempo?

Han pasado las noches, y los días, sin apenas descerrojar la puerta o descorrer las cortinas. Se ha habituado a su insufrible soledad y vive dentro del eco, del espantoso eco de su cámara que le devuelve una, y otra, y otra, y otra vez la pregunta, mientras absorbe los mocos y el salino producto de su miseria intelectual. ¿Por cuánto tiempo, por cuánto tiempo más habré de vivir entre estos muertos ululantes sin alma?

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Tuesday, January 30, 2007 at 5:40 PM

Un nuevo Demócrito

Su nuevo amigo, Gepe, forma parte ahora de su colección, pero aún no está superado. Hay privilegiadas ocasiones en que, por más que haya situado el objeto en el mejor de los lugares, por más que haya dejado la obra encerrada bajo siete llaves, las parcelas de la colección reacomodadas, el sitio asegurado, las cortinas corridas; por más que se centre en privarse del estímulo y desee saltar ávidamente a una nueva presa, la obsesión se fija, se ceba en él. Tendría que salir de caza. Esta vez no sabe cómo. El coleccionista aguarda, casi a punto de perder la paciencia, una senda, un filón que proponga una manera de librarse de la cantinela. Y si no tengo na que decir, y si no tengo na que cantar, pa qué pierdo el tiempo así, si lo dicho ya dicho está. Y si no tengo na que sentir, y si no tengo na que pensar (Namás). Vanidad de vanidades, resuena aquí. Se puede decir de muchas formas pero la más sencilla, y la más cursi, es que ha encontrado un alma gemela. Aún no ha podido agradecérselo a Eva. A decir verdad, no ha hecho grandes esfuerzos.

No sabe qué hay detrás de ese oscuro sobrenombre. ¿Identidad soterrada? ¿Timidez hermana? ¿Genuina humildad? Se acuerda sin esperarlo (¿he aquí la senda?) de aquél que también formó parte de sus obsesiones y que hoy se encuentra a buen recaudo, despiezado, en arcones, en estanterías cargadas por doquier, un poco muerto a la par que un poco vivo por las habitaciones. Se le ha escapado un suspiro, estúpido coleccionista, y un ostensible hilo de baba. El clérigo escribano, el compilador solitario, el acumulador de sabiduría y conocimientos, de retazos útiles y lógicos y fundamentales acerca de la melancolía, el que lo supo todo antes que nadie, el que inventó la enciclopedia a su modo, el que halló los remedios y los atajos, el que recorrió todos los caminos del mal, el humilde, y genial, Robert Burton.

Él, Robert Burton, estudiante eterno, filósofo sin sistema, quiso ocultar su nombre, estar por debajo de su obra, de su impresionante colección, callar, para dejar hablar a otros. Se estremece recordando ese soberano gesto. Se apodó “un nuevo Demócrito”, Democritus Junior. Eligió el nombre del pensador griego porque, dijo, era “un hombrecillo anciano y fatigoso, muy melancólico por naturaleza”. Y se cuenta que, siendo ya maduro, se quitó la vista deliberadamente “con la intención de poder contemplar mejor las cosas y, ciego, escribió sobre todas las materias posibles” (Anatomía de la Melancolía, Robert Burton).

El coleccionista vuelve a suspirar, masticando algo. No pretende sacarse los ojos. Su relativismo extremo no se lo permite. Aunque, de no poder librarse de Gepe, deberá pensar en algo drástico. Se sabe, sin embargo, demasiado poca cosa para tamaño gesto… ¿Le falta valor? Más bien le sobra sentido del ridículo. Pero su hambre estética, incansable, sabe cubrirse, enterrarse en humildad; no quiere compararse con el monje Burton, la constancia no es una de sus virtudes. Si fundó la cámara es por… Da vueltas a algo, lentamente, en la boca.

Nada hay absoluto. Nada le complace de forma universal. Todo lo interesante es consumido y después, por muy coleccionable que sea, desechado. A pesar de todo, se esfuerza. Si la cosa, esa cosa, desprende un mínimo atisbo de maravilla, un espejismo de perdurabilidad, si le sobreviene un estremecimiento mínimo, si la carne se le pone de la cualidad del pollo en su presencia, si su contemplación o su escucha produce un sobresalto interior o un pliegue en el tiempo… Pedazo de cobarde, ahora te has acordado de Eva... Se sabe un pedazo de materia orgánica destinada a pudrirse. Él no posee la grandeza de sus admirados sabios, jamás podrá dedicarse a una sola tarea, a un único saber, a una misión tan preclara. Él sólo sabe dejar correr las lágrimas cuando (¿es quizá fruto de la casualidad?), en una pieza de pop, se cuela tal cantidad de clarividencia, de pequeña filosofía, visionaria, desapasionada, hogareña, humilde.

Robert Burton hizo algo con el mal: escribió el mayor tratado existente sobre el tema, un refugio de tranquilidad para depresivos y melancólicos. Demócrito dio un paso final en pos de curarse. Hasta Gepe extrae maravillas de la turbiedad. Pero él no. Él la tiene, la padece, la disfruta el muy cerdo. La melancolía. La enfermedad de los ojos lo habita, lo habita muy mal. Contra eso no hay nada que hacer. Salvo comerse, de a poquito, dándole vueltas en la mezquina boca, la carátula de la obra que se dejó olvidada ella, su última adquisición para la cámara, definitivamente archivada. Qué respiro.

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Saturday, December 16, 2006 at 12:45 AM

Concierto

Adán se aburría porque estaba solo, por eso fue creada Eva. A partir de aquel momento, el tedio hizo su aparición en el mundo, propagándose en la misma medida en que crecía la población. S. Kierkegaard

Claramente fuera de lugar, el coleccionista siente que se le viene encima el monstruo de la melancolía. Hace tanto tiempo que no se encuentra entre gente, que ha olvidado lo vulnerable que es en esas ocasiones. De ahí que rehúye estar en lugares públicos. De ahí que la cámara es su único habitat.

Todo a su alrededor se confabula para hacerle daño y no entiende qué le hizo salir. Sufre por el volumen de la música, sufre por los instrumentos que ponen en escena los sonidos, sufre por la increíble torpeza de los movimientos de aquellas personas, incapaces de solucionar la más mínima capa de intervalo. Busca sin descanso una vía de escape. Ha imaginado algo completamente distinto, pero en ese momento, la verdad, no encuentra en ninguna parte la voluntad necesaria para salir de allí. Sus piernas no le acompañan. Continúa en ese estrecho espacio limitado por los cuerpos de los más cercanos, con engrudo bajo sus pies.

Esos cuerpos en flagrante movimiento y la música (algo así como tribal, que no puede situar en ninguno de sus cajones de experiencia) producen en él una chorreante transpiración, un agitado ritmo. Demasiados estímulos al tiempo son el perfecto tobogán para caer en otro ataque melancólico, lo sabe, aunque en ese momento, el coleccionista no piensa en eso, no piensa, la música martillea y él tiene ante sus ojos uno, un solo estímulo, un punto en el espacio inmediato, un lugar que podría tocar con un breve movimiento de dedos, un pequeño hueco en el que reposaría su cabeza atormentada y podría mandar a la mierda toda su colección. Un hogar, laxo, tranquilo, seguro, físico, final, caliente. Dios, está empalmado. Está bailando.

Mind the gap

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Monday, October 16, 2006 at 4:57 PM

Mind the gap (1)

En estas, el coleccionista se encuentra como aquél que acaba de heredar la casa de sus abuelos, sin tener ni un remoto pensamiento de hacerlo, y con la casa le caen encima los testigos y vestigios de tres generaciones de personas. Tiene ante sí una inmensa cantidad de objetos que remiten todos a algo muy suyo, muy reconocible. Pero se trata de un conjunto sin sentido aparente, un amontonamiento de saber que está reclamando una vitrina temática, por así decir. Por experiencia, sabe que la cámara se va transformando conforme a las cualidades internas de la colección.

¿Qué tienen en común todos estos retales, todas estas piezas sueltas, toda la caterva de intuiciones guardadas en amorfos cajones? Se acerca y se aleja, alternativamente, de las cosas. Decide cambiar de dirección -continuar trabajando, para huir del ataque siempre inminente- y, buscando otra cosa, aparecen uno o dos flecos, alguien susurra una inesperada frase, y todo cobra un sentido suyo.

"Mind the gap, mind the gap", dice la electrificada voz dentro y fuera de los trenes. Mind the gap, mind the gap, mind the gap, se introduce como un mantra. Entonces se da perfecta cuenta de que sus pasos, y sus elecciones, han sido invisiblemente dirigidos por una tensa motivación.

Mind the gap, insiste, se trata del vacío, el hueco, el espacio nulo, la inconsistencia, la nada. No son las cosas, no, es lo contrario de las cosas, es el intervalo entre yo y las cosas. Tienes que llenarlo, piensa. Sabe de la inutilidad de la tarea, de toda tarea humana, pero se esfuerza por rellenar a todas horas el hueco feroz que le come el pecho. Otros lo empezaron antes que él y, aquel día, coloca casi feliz en su acristalada alacena la primera gema maravillosa bajo un nuevo rótulo: "Si alguien hace objeciones al tema o la forma de tratar este asunto y se pregunta por sus motivos, puedo alegar más de uno: escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía" (Robert Burton).

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Wednesday, October 11, 2006 at 12:08 PM

Fundación

Dijimos que no habría fundaciones, pero la tentación es mucha. Como esta no es una primera aventura, como ya no somos novatos (en casi nada) y creemos entender hasta cierto punto los mecanismos de estas (no tan revolucionarias, no tan especiales, no tan oraculares) herramientas de auto-publicación, nos planteamos un libro de estilo para dotar a la cámara de profunda incoherencia.

Como normas que son, las saltaremos de cuando en cuando.

Los blogs son retorcidos escenarios para el onanismo público. Si alguien espera aquí conocer a una persona, indagar en las circunstancias de alguien, leer secretos y mentiras anónimos, se ha equivocado de lugar. La cámara de las maravillas, como espacio privado que es, es la expresión de una individualidad. Sin embargo, la individualidad no es el tema. Los subjetividad a todas horas cansa. Las referencias personales, la falta de contraste, los ombliguismos, han convertido el fenómeno de los blogs en un lugar aburrido y fastidioso.

La cámara de las maravillas colecciona objetos. Los objetos mostrados son, como en todo museo particular, proyecciones del sujeto. Sin embargo, ese sujeto se minimizará del todo, se hará a un lado, se quedará en la sombra: todo su papel se limitará a abrir los cajones y las alacenas de la cámara, para presumir de su apabullante colección.

En la cámara puede reinar el silencio. El coleccionista está orgulloso de su colección, orgulloso y seguro. No espera comentarios laudatorios, quizá alguna que otra boca abierta, unos ojos encharcados, un hilillo de baba desprovisto de sonido.

No amontona, selecciona. El mundo es una diversidad tan grande de cosas que una cámara de las maravillas tiene la misión de poner orden en el caos. No todo lo que a primera vista maravilla tiene el derecho a estar aquí. No todo puede ocupar un espacio ni merecer nuestro tiempo. El coleccionista está a diario en la caza, permanentemente alerta, y somete sus descubrimientos (a veces falsos) a un riguroso método de control.

La maravilla no es siempre hermosa. Los antiguos coleccionistas, los pioneros del museo moderno, saben que en el horror hay incluso más motivo para la admiración. Todo aquello que suponga una pregunta, y una exclamación, puede ser contenido.

El coleccionista no lleva la razón en nada. Tampoco va a explicarse. Si las cosas por sí solas no hablan, poco o nada podrá añadirles. Eso sí, todo museo implica una puesta en escena, que no es el objeto mismo, que lo adorna y complementa. Coleccionar no es sólo mostrar: es yuxtaponer. Y a ver qué sentidos brotan.

El coleccionista se siente ajeno a sus objetos. Su gran colección es un museo vivo de la ajenidad, un muestrario consciente de lo que la realidad ofrece, que él no posee: al mismo tiempo que le pone un coto al vertido informe del mundo, lo separa de él. En última instancia, el coleccionista ha elegido esta forma de expresarse para sentirse dentro de las cosas, cuando a diario sabe que él no es las cosas. El coleccionista hace lo que hace por escapar de la melancolía.

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