Wednesday, January 17, 2007 at 12:29 AM

Sostenme la cabeza en una mano

El coleccionista dejó esto anotado en un papel, yo lo recogí en un descuido.

Gepe. Gepinto. ¿Puede llamarse alguien realmente así? Macarrónico nombre el que este artista usa. Eso me habla de alguien que intenta ocultarse. Quizá de alguien tímido. No habría dejado sonar ni treinta segundos de esta obra, de no ser por ella. Ya se marchó, pero se dejó esto olvidado. Y ahora no puedo pararla. Me atosiga, me embelesa, me abruma. Me quita la respiración esa tibia voz y eso, qué extraño, hace que me duela un poco menos... Ella entró con los pies fríos, ella preguntaba demasiado a menudo. Pero me queda Gepe, torturándome. No hace sino sonar y sonar, pero esto no es verdadera música, pura música. Es mi escrúpulo, mi escalpelo, no lo voy a dejar caer. Es demasiado sencillo encantar en una canción, fisgonear dentro de un corazón incauto. Es demasiado fácil hacer sudar al cuerpo, frecuentar los aburrimientos domésticos con un poco de fantasía. Pero pocas, algunas canciones, logran abombar el tiempo y manejar su curvatura hasta el infinito... Eso es, eso es. Lo demás, fórmulas obvias y predecibilidad gastada.

Pero todo es perversión y tortura en esta obra, todo cuadra, ella lo dejó y todo tiene aún más valor y menos sentido. Sobre la cama se ha olvidado una obra generosamente llena de ese clase de canciones. Sí, sí, la susceptibilidad es mi escalpelo. Me he sentido timado demasiadas veces. Necesariamente, necesariamente ha de haber algo detrás. Un magma interno que corra, que recorra la canción, que la rellene con algo más que aire. "Se me desajusta el centro" (Sal). Necesariamente se ha de justificar -en el seno de la canción, dónde si no- cada giro. Aquí hay canciones sólidas como estatuas, etéreas como bocanadas. Y además completamente inocentes. Es como decir que son culpables, culpables de obsesionarme por desentrañar su secreto. Pero inocentes. No saben su secreto, sólo lo escupen. Fatigosas hetairas. "Lo estoy haciendo sin querer. No estoy forzando la voz." (Nihilo). Quizá ella sepa algo más.

Gepe sabe, extrañamente sabe. Es como si creara desde un lugar muy cercano, desde la habitación aquí detrás del respaldo de esta cama. Tan helada. Es como si estuviese leyendo aquí dentro, en este cuaderno. Fuera lo superfluo, al abismo con el adorno, con el estúpido oropel, lo innecesario a la horca, al paredón con la arbitrariedad. "Y si no tengo na que decir, y si no tengo na que cantar, pa qué pierdo el tiempo así, si lo dicho ya dicho está". ¿Quién es, quién es que traduce mi alma? Gepe, Gepe, ¿sientes tú también esta losa? ¿Sientes tú que el mundo está innecesariamente habitado por la horrorosa fealdad, que se muere a diario el buen gusto? ¿Qué es la enfermedad de los ojos si no la imposibilidad de detener la búsqueda?

He dejado suspendido el hilo de araña del que tenía previsto colgarme esta tarde. He de escuchar nuevamente esta obra. Me emborrona la conciencia, y me hace arder. Creo que yo la he echado. Quiero terminar con todo, pero es sólo un ardid. "Déjame estar, no digas nada. Pero al estar, estamos al lado." (Namás). No sabía que uno podía morirse de entusiasmo. Ella se ha olvidado esto. ¿Dónde está? ¿Ahora con quién podré morirme de este entusiasmo?

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Friday, October 20, 2006 at 10:41 AM

Desnudo

Monterroso, en su diario:

"No te muestres mucho ni permitas demasiadas familiaridades. De tanto conocerte la gente termina por no saber quién eres". (La letra e).

El coleccionista termina de clavetear esta sentencia en un buen lugar, en lo alto de un muro que empieza a poblarse, se aparta un par de metros, admira su integridad y su sencillez, le maravilla que otros llegaran a conclusiones tan cercanas a las que él mismo cree estar elaborando. Entonces se da cuenta de que lleva toda la tarde desnudo correteando entre sus tesoros.

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Wednesday, October 11, 2006 at 12:08 PM

Fundación

Dijimos que no habría fundaciones, pero la tentación es mucha. Como esta no es una primera aventura, como ya no somos novatos (en casi nada) y creemos entender hasta cierto punto los mecanismos de estas (no tan revolucionarias, no tan especiales, no tan oraculares) herramientas de auto-publicación, nos planteamos un libro de estilo para dotar a la cámara de profunda incoherencia.

Como normas que son, las saltaremos de cuando en cuando.

Los blogs son retorcidos escenarios para el onanismo público. Si alguien espera aquí conocer a una persona, indagar en las circunstancias de alguien, leer secretos y mentiras anónimos, se ha equivocado de lugar. La cámara de las maravillas, como espacio privado que es, es la expresión de una individualidad. Sin embargo, la individualidad no es el tema. Los subjetividad a todas horas cansa. Las referencias personales, la falta de contraste, los ombliguismos, han convertido el fenómeno de los blogs en un lugar aburrido y fastidioso.

La cámara de las maravillas colecciona objetos. Los objetos mostrados son, como en todo museo particular, proyecciones del sujeto. Sin embargo, ese sujeto se minimizará del todo, se hará a un lado, se quedará en la sombra: todo su papel se limitará a abrir los cajones y las alacenas de la cámara, para presumir de su apabullante colección.

En la cámara puede reinar el silencio. El coleccionista está orgulloso de su colección, orgulloso y seguro. No espera comentarios laudatorios, quizá alguna que otra boca abierta, unos ojos encharcados, un hilillo de baba desprovisto de sonido.

No amontona, selecciona. El mundo es una diversidad tan grande de cosas que una cámara de las maravillas tiene la misión de poner orden en el caos. No todo lo que a primera vista maravilla tiene el derecho a estar aquí. No todo puede ocupar un espacio ni merecer nuestro tiempo. El coleccionista está a diario en la caza, permanentemente alerta, y somete sus descubrimientos (a veces falsos) a un riguroso método de control.

La maravilla no es siempre hermosa. Los antiguos coleccionistas, los pioneros del museo moderno, saben que en el horror hay incluso más motivo para la admiración. Todo aquello que suponga una pregunta, y una exclamación, puede ser contenido.

El coleccionista no lleva la razón en nada. Tampoco va a explicarse. Si las cosas por sí solas no hablan, poco o nada podrá añadirles. Eso sí, todo museo implica una puesta en escena, que no es el objeto mismo, que lo adorna y complementa. Coleccionar no es sólo mostrar: es yuxtaponer. Y a ver qué sentidos brotan.

El coleccionista se siente ajeno a sus objetos. Su gran colección es un museo vivo de la ajenidad, un muestrario consciente de lo que la realidad ofrece, que él no posee: al mismo tiempo que le pone un coto al vertido informe del mundo, lo separa de él. En última instancia, el coleccionista ha elegido esta forma de expresarse para sentirse dentro de las cosas, cuando a diario sabe que él no es las cosas. El coleccionista hace lo que hace por escapar de la melancolía.

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Monday, September 25, 2006 at 8:01 AM

Principios prácticos

Vía Augusto Monterroso (La letra e), entramos en conocimiento de la personal regla estética de Robert Graves -glosada por el especialista en su obra, Paul O'Prey. De acuerdo con ella, el poeta practicaba el control de la improvisación, esperaba pacientemente la venida de la musa poética y vigilaba cual ave de presa la calidad ayudado, al parecer, de los siguientes principios prácticos:

Estar siempre enamorado;
Tratar el dinero y la fama con la misma indiferencia;
Mantenerse independiente;
Valorar el honor personal;
Hacer del idioma un estudio constante.

En este mundo grisaceo y acolchado puede que no quede mucho espacio para el honor. Nada que añadir al respecto del resto de puntos.

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Tuesday, August 22, 2006 at 3:44 AM

Las comas

"Él decía que todo el conocimiento se condensa en veinte palabras, y se espantaba ante la mole de libros que le llegaban por día, enviados por amigos desconocidos. ‘Cuántas palabras’, se lamentaba. Escribía muy poco, cuatro o cinco frases por año. Pero trabajaba cada una con un rigor no solamente interior sino también de artífice del lenguaje. Era maniático por las comas, porque una coma resultaba fundamental para marcar matices de su pensamiento. Solamente lo he visto furioso por eso: por una coma equivocada en la imprenta".

A veces los hallazgos hay que enseñarlos sin ponerles una coma de más. Conoce a Antonio Porchia, el nuevo cronopio de la cámara.

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